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Una aristocracia
decadente encerrada en su palacio de cristal. Una
clase que se sabe en sus horas bajas y sólo
puede manifestar su refinada rebelión ante
la emergencia de la nueva burguesía mediante
el desenfreno libertino. Un afán de diseccionar
científicamente los mecanismos de la seducción
abocado al fracaso y a la infidelidad. Y una fascinación;
la que hallamos en unos personajes que nos presenta
-mediante el aguado recurso de una correspondencia
desvelada- un preclaro hijo de la ilustración:
Choderlos de Laclos. |
Escrita siguiendo las directrices marcadas
por la perceptiva del XVIII, que estipulaba la función
correctora de las costumbres en las artes, esta obra
se recrea con tan inquietante ambigüedad en las
intrigas de sus depravados protagonistas que logra hacer
tambalear nuestra tranquila actitud como lectores/espectadores.
Y de este modo, la distancia que en un principio deberíamos
mantener hacia ellos para reprobarlos, se desvanece a
menudo para procurarnos un inconfesable reconocimiento
en su desesperada humanidad, cuando no extraña
e inquieta admiración ante la inteligencia y la
capacidad de transgresión de la Marquesa de Merteuil
y del Vizconde de Valmont. Frente a éstos, el
también ambiguo antagonismo de una Virtud (Tourvel,
Cecile...) que a veces se reviste de puritanismo, y que
deja al descubierto una hipocresía más
taimada aún que el juego maldito de los héroes
libertinos. Y es que esta clase emergente, con sus sagrados
principios morales, ahora sabemos que también
ha terminado resultando una amistad bastante peligrosa.
En cualquier caso nuestra versión,
que parte de la adaptación teatral de Christopher
Hampton, brillantemente vertida al castellano por Mercedes
Abad, trata de resaltar esta circunstancia, así como
nuestro convencimiento de que ciertos comportamientos
convulsos no son más que el resultado de una soterrada
angustia de saberse representado en un mundo tan frágil
y quebradizo como un teatro de vidrio- Tal que el nuestro.
Ernesto Caballero.
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