por Ginés García Agüera

Adiós
Julio - Agosto / 03

 
         
 
     
 
 
     
     
 

En el número 41de la Revista "Adiós", publicación que edita la Empresa Mixta de Servicios Funerarios de Madrid, y dentro de la sección Muertos de Cine, Ginés García Agüera, Director de la Primavera Cinematográfica de Lorca, ha escrito un artículo sobre Maribel Verdú y su muerte en la película Amantes, de Vicente Aranda.

 
     
     
 

Dos mujeres, Luisa y Trini. Un hombre, Paco. La Muerte, un crimen vulgar en la calle Tetuán como base argumental para una película de Vicente Aranda. Maribel Verdú, Victoria Abril, Jorge Sanz y una secuencia inolvidable rodada en Burgos. Nieve, sangre, pies desnudos. el inmenso talento de un equipo artístico impecable confluye en una cinta imprescindible de la pasada década.

Me acordé de Trini, criadita humilde a la que interpreta una jovencísima e impecable Maribel verdú en Amantes, de Vicente Aranda, cuando el escritor Luis Alegre dio título a un libro sobre la actriz, para el homenaje que la Primavera cinematográfica de Lorca rindió, en mayo pasado, a la brillante protagonista de La buena estrella. El volumen "La novia soñada", me trajo a la memoria el trabajo medido, certero, de Maribel en esa película de 1990, y sobre todo en el momento en el que se encuentra con su rival, Luisa, una Victoria Abril espléndida, amante avezada, que le arrebata a Trini el novio, su Paco, con juegos eróticos, pañuelos, timos a paletos, artimañas desconocidas para la inocente criada de un militar.

La novia, dulce, sin experiencia, que busca la sencillez de una vida sin complicaciones en una España oscura de posguerra, la novia hacendosa, limpia, virgen hasta el matrimonio, de ahorros para el ajuar, de madre tullida, de ilusiones concretas, de vida previsible, de hogar con olores de lentejas y lejía, con trajes de primera comunión remendados y niños obreros. La novia que en el triángulo que se produce en plena calle percibe, como un mazazo, el engaño de Paco con su casera, y mira a Luisa con ojos afilados, y pierde la inocencia de pronto, y urde, asesorada por la esposa de un militar franquista, ironía inteligente en el guión, una telaraña que al final resulta inútil porque, en el desenlace, en un Burgos nevado, mezcla lágrimas, sangre y destino fatal, renuncias, sacrificios, inmolación, deseos de muerte, tras un monólogo inolvidable, donde Maribel Verdú eleva su talento a altura y cotas indescriptibles: "...quisiera matar a esa mujer, pero sé que Dios no me dará guerzas... Desde lo más profundo de mi alma siento la necesidad de acabar... Quiero morir y sé que tú quieres que muera... Hazlo Paco, mátame... Líbrame de este suplicio".

Antes, Luisa, victoria Abril, le había sugerido a un atribulado Jorge Sanz: "Paco, matalá...". La guerra de dos mujeres por conseguir el objeto de sus diferentes deseos, termina en el campo de la experiencia, la pasión, lo desconocido. Y luego, tras uno de esos planos en los que Maribel, la catriz de raza, demuestra que está en este mundo para hacernos compartir personajes, intensidades, para crear y hacer inmortales presencias, instantes de cine en estado de gracia, entonces, digo, aparece la navaja, otra vez esa navaja de Buñuel, insistente, sacada de "Un perro andaluz", y aparecen los zapatos, los pies cubiertos con medias baratas, las gotas de sangre, y el abandono frente a una catedral inóspita que mira la nieve y a algún viandante solitario desde una indiferencia arquitectónica fría, como la temperatura en Burgos aquel invierno de rodaje duro, pero entrañable, con Vicente Aranda.

La muerte, inolvidable , de Maribel Verdú en Amantes persiste en las retinas tras años de visión, como una de esas secuencias imperecederas, de antología, con las que el buen cine español nos regala de vez en cuando. Y cuando el abrazo final, de Paco y Luisa, en el andén, y hasta el cartel de la detención de los amantes nos deja como no sé si incierta conciencia tranquila, y llega el fin, y hasta las luces de la sala, y el cigarrillo, y unos minutos de adecuación a la realidad, al día a día, nos vuelve a golpear, todavía grabado a hieroo, el plano de Maribel, su breve e intenso monólogo bajo la lluvia, Burgos, la nieve, el fajo de billetes, el banco en la plaza, sus lágimas, sus píes desnudos, su muerte, como una de las bellas artes dentro del cine.

El arte de morir, que esta actriz dotada de instinto y seducción a la cámara, nos regala en esta cinta de Aranda, la convirtieron por derecho propio en una de las intérpretes jóvenes con mayor proyección del cine español.