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Ella es la novia que muchos quisieran tener. Para otros, u otras, su nombre evoca, para bien o para mal, alguno de los personajes que ha encarnado en sus más de 20 años como actriz. Pero cuando la tienes delante, bastan dos minutos para saber que Maribel es ella misma, tal cual, auténtica. Que reserva el arte de actuar sólo para las cámaras y los escenarios. Estamos charlando en una cafetería cerca de su casa, y cuando a través del ventanal ve pasar a Pedro Larrañaga, su marido, se le ilumina la cara y saluda espontánea: “¡Hasta luego, mi amor!”. Y me habla, entusiasmada, de la última película que ha rodado, El laberinto del fauno (“fascinante”), y de su director, Guillermo del Toro (“trabajar con él es una de las mejores cosas que te pueden pasar”), y me dice que el cine le ha enseñado todo a través de sus gentes, horribles algunas y fantásticas otras.
Llevas haciendo cine desde los 13 años. Lo tuyo fue una vocación temprana...
¡Qué va! Lo que sucedió es que un día, al salir del colegio, una amiga y yo nos pusimos ciegas de golosinas. Y como me empezó a doler el estómago, me metí en una cafetería a tomar una manzanilla para evitar que me cayese la bronca. En eso me vio el jefe de producción de La huella del crimen... y yo con las trenzas y el uniforme... estaban preparando una cosa con Victoria Abril y Vicente Aranda. Le di el teléfono de mis padres y ahí empezó todo.
¿Es una vocación para toda la vida?
No. Me encanta mi trabajo, pero no soy de las que piensa morir en el escenario. Me encantaría, dentro de diez o quince años, poder retirarme y no madrugar más en mi vida. Pero en este país eso es muy difícil. Si viviese en EE UU, que con una película puedes vivir el resto de tu vida, no lo dudaba... [risas]. Porque hay momentos duros.
Siempre has dado la impresión de ser una persona muy estable y muy feliz.
La felicidad es algo utópico, son instantes. No puedes ser feliz viendo cómo está el mundo. Yo me involucro en las cosas, y hay mucha gente alrededor que sufre. Eso no me gusta, pero intento pasar mis momentos de felicidad, que afortunadamente los tengo. Soy una persona coherente conmigo y con la gente de mi entorno. Todos los días soy igual. Si tú me ves mañana, no voy a hacer que no te conozco. Esa gente tan cambiante me pone muy nerviosa, los saludas y muestran una frialdad absoluta, cuando a lo mejor antes han estado encantadores contigo. Un portero me regaló un recorte que se titula “Una sonrisa”, y lo tengo con un imán en la nevera. Una sonrisa no se le puede negar a nadie. Soy risueña por naturaleza, me encanta reír y que la gente ría.
¿Y tus momentos bajos?
Los tengo, pero me duran diez minutos. Eso de “estoy muy mal y me meto en la cama”, yo no... porque lo he vivido con otras personas, y un día uno cae, y cae. Ésa es una cosa que uno no controla, da igual que seas inteligente o no. Pero yo he tenido
la suerte de no caer. En mis momentos bajos me quedo en casa con un libro o escucho música o salgo a por flores.... Y luego están los amigos, y mis hermanas, y mis padres... yo no me guardo las cosas, las exteriorizo y nunca me quedo con ningún mal rollo dentro. No existe en mí ni el rencor ni el reproche.
Eres una persona comprometida...
Me gustan las ayudas desde el anonimato... pero al final te llaman y te involucras, porque apoyas no sólo tú, sino un colectivo. No aguanto la injusticia, desde un ama de casa hasta un político; desde un acomplejado marido que pega a su mujer por culpa de sus complejos... Esa gente que abusa de su poder con quien cree más débil me mata. |
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